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31.01.2015       Cambiar tamaño de texto
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15 años de la Copa de Vitoria (y 3): el triunfo de la alegría

El 31 de enero de 2000, Estudiantes tocó el cielo. El buen trabajo de años y años recibía su premio en forma de título, el último hasta el momento. La Copa del Rey voló hacia el Ramiro tras una tremenda final contra el Pamesa Valencia, donde Alfonso Reyes fue el gran protagonista, logrando un merecido MVP. >> ¿Y TÚ, CÓMO LO RECUERDAS? CUÉNTALO CON EL HT #Estu2000 en TWITTER Y GANA ENTRADAS

La del lunes (sí, lunes, las televisiones son así, como se lamentaba una pancarta en la grada “Portela y Polanco no curran ni hoy ni mañana”) 31 de enero de 2000 fue una final entre dos equipos de estilos contrapuestos: el desparpajo contra el encorsetamiento.

El Pamesa conocía bien sus limitaciones y trataba de superarlas a base de orden, de juego colectivo, de asegurar cada balón. El sistema le daba buenos resultados, sin duda, pero a veces se encontraba con un adversario que utilizando esas armas, las empleaba sin rigidez, sin miedo a la derrota.

Ocho años después de su éxito en Granada, el conjunto madrileño volvía a ganar la Copa del Rey, y lo hacía ante el líder de la Liga con un juego soberbio. Esta vez sí que participó del éxito Carlos Jiménez, pero más que otra cosa para que su nombre no fuera ignorado por historias como ésta. La suya fue una presencia breve y testimonial: cuando la gripe se pone pesada no hay forma de moverse.

La final respondió a lo que cabía esperar de ella, con dos equipos muy metidos en harina, al menos en su mayor parte, porque el siempre polémico pívot del Pamesa Tanoka Beard daba la razón a sus detractores, los que decían que no sabía aguantar la presión de las grandes citas. Los nervios le llevaron a cometer personales absurdas y le agarrotaron en los momentos en que se cocinaba el resultado.

Para ganar, el Pamesa necesitaba al Tanoka de los números espectaculares, pero tuvieron al jugador enfadado con el mundo entero, quizá porque un enorme Alfonso Reyes le ganó la partida constantemente en la zona que adoptó como defensa el equipo madrileño. Pero había otros duelos interesantes sobre la pista.

El de los bases, por ejemplo: Azofra dando lecciones de creatividad al monorrítmico Rodilla; Markovic sujetando a Chandler Thompson como nadie había podido hacerlo en los dos partidos anteriores; Hopkins (19 puntos, 15 rebotes) cargando con su trabajo y buena parte del que correspondería a su compañero Tanoka; o Vandiver, alma de la defensa estudiantil.

Los valencianos fueron por delante en el primer tiempo y así seguían cuando Alfonso Reyes, el más grande del partido con 26 puntos, forzaba la cuarta personal de Tanoka y hubo de ir al banquillo, porque faltaban muchos minutos y se le veía tan nervioso que era capaz de cometer la quinta inmediatamente.

El pequeño desconcierto levantino lo aprovechó Estudiantes para irse, con dos triples (Aísa y Azofra) casi seguidos que ponían el marcador en 59–50. Con la brecha abierta, los unos buscaban la remontada en los siete minutos que tenían por delante, pero los otros se sabían campeones y ni sintieron el vértigo de las alturas, ni se metieron a conservar lo que tenían.

Hicieron lo que debe hacerse en estas situaciones: mantener el ritmo y jugar a su mejor nivel. Por cierto, el arbitraje de Betancor, Martín Bertrán y Llamazares, estupendo.

Como no podía ser menos, la afición viajó a Vitoria para apoyar a su equipo. En total, llegaron a juntarse en el Araba Arena cerca de 500 aficionados colegiales, cifra que fue creciendo poco a poco según se iban superando rondas hasta llegar a la final: 170 ‘dementes’ distribuidos en cuatro autobuses; 80 más en vehículos particulares, y para alojarse tuvieron que irse a 30 kilómetros de la capital alavesa, en el albergue del antiguo Monasterio de Barria, término  municipal de San Millán.

Además, el Estudiantes había distribuido 110 entradas entre familiares y personal del club y el patrocinador Adecco 150 localidades entre otros simpatizantes y compromisos varios.

La Demencia, como todas las peñas y grupos de animación organizados presentes en la cita copera, tuvo su ubicación durante todo el torneo en el anillo superior del Buesa Arena. Los años y años recorriendo toda la España baloncestística, ganándose la simpatía y el cariño de otras aficiones, dio sus frutos en Vitoria, por lo que a los estudiantiles desplazados a la capital vasca habría que sumar bastantes gargantas de esas que consideran a Estudiantes su segundo equipo. Empezando por buena parte de los aficionados locales.

Tras ganar la final, abrazos colectivos, lágrimas, euforia, locura… ¿o más bien deberíamos decir “demencia”? cuando en la pista, Nacho Azofra recogía el trofeo que acreditaba al Estudiantes como el campeón. “Estudiantes campeón, chimpún, campeón chimpún”.

El capitán, además, adornó su cabeza con un gorro marroquí, como buen demente, mientras Vandiver paseaba orgulloso una enorme bandera con los colores azules de Estudiantes… y en la grada, no faltaron los recuerdos a los que se habían ido a ganar títulos y poquitos habían rascado. “¿Y los trofeos, Herreros y los trofeos?”.

A la salida del pabellón, pese al infernal frío que caracteriza a “Siberia-Gasteiz”, los dementes bloquearon la salida del autobús de los jugadores despojándose de sus pantalones y mostrando sus traseros.

En el interior del vehículo, la plantilla “disfrutaba” tan dantesco espectáculo mientras la Copa yacía rota en el primer asiento. Tantos meneos y paseos de mano en mano que se llevó el pobre trofeo le dejaron tullido para siempre, ya que todavía se notan los desperfectos.

Desperfectos de los que “culpaba” Shaun Vandiver a Alfonso Reyes, en castellano pero con su particular acento de Colorado, al grito de “¡La copa está rota!”, y el resto de la plantilla al pí vot estadounidense. “Robocop” había levantado su propia Copa, la de Jugador Más Valioso, y esa llegó impoluta a Madrid...

Mientras tanto, el cielo vitoriano era adornado por un espectáculo de fuegos artificiales… cortesía de la afición valenciana. “Habremos perdido, pero no nos los vamos a llevar de nuevo a casa. Felicidades”. Un bonito detalle.

Mientras tanto, en Madrid, apenas media hora después de que concluyese la final, la ‘Fuente de los Delfines’ ya empezaba a recibir las primeras visitas en forma de baños y cánticos. La ocasión lo merecía. Ahora eran los alumnos del Ramiro, los que por edad no habían podido desplazarse a Vitoria, los que encabezan las celebraciones de las cerca de 2.500 personas que se juntaron en la plaza de la República Argentina y cortaban el tráfico.

Y aunque en Madrid no haga tanto frío como en la capital vasca, el mes de enero no es muy propicio para los baños al aire libre en la meseta castellana. ¿Qué más da? El equipo de tu colegio no gana títulos todos los años, precisamente. “Somos el primer equipo de Madrid”.

A la hora de reconocer el trabajo de muchos, era preciso destacar, por encima de todos, el de José Vicente Hernández, a quien se le ofrecía una renovación por seis temporadas para que dirigiese el banquillo estudiantil y se ocupara, a la vez, de la dirección técnica. O sea, plenos poderes.

Pepu decía entonces: Soy feliz, los jugadores se lo merecen. Este patio de colegio es cada vez más grande. Este es un triunfo de todos los que rodean al equipo. Estoy en un buen sitio para poder pescar. Aquí hay cantera.

Miki Vukovic, su rival en el banquillo valenciano se rendía: “Estudiantes es un justo vencedor de la Copa. Han jugado mejor”. De regreso a Madrid, no sin cierto retraso porque la celebración en la noche gasteiztarra, con una barbacoa, sidra y discoteca, se había alargado más de lo debido, acogida triunfal en el Ramiro.

Recuerda Pepu:

“Fue precioso. Cogí a mi hija Celia en brazos y se asustó un poco al verme emocionado con Juan Moneo: Papá, estás llorando ¿estás triste? me preguntó”.

No fue el único que lloró de alegría aquella mañana. El instituto suspendió las clases (no con mucha alegría por parte de sus responsables, pero ante la rebelión de los alumnos no quedaba otra), y rondando el mediodía se produjo un “cambio de guardia” en la fachada del Ramiro: la bandera española era sustituida por la del Estudiantes. “Ojala se quede para siempre. Queremos la independencia” reclamaba más de uno.

Para amenizar la espera a los héroes de Vitoria algo había que hacer… los más valientes volvieron a visitar a los Delfines que debían echar de menos tanta compañía casi una década después, mientras el resto se dedicaba a cortar la calle Serrano con las banderas azules en ristre. Como en los viejos tiempos.

Cuando por fin llegó la plantilla, casi a las dos de la tarde, en autobús y encabezada como no podía ser menos por Nacho Azofra (“Esto es un premio que se disfruta muchísimo, porque no estamos muy acostumbrados a ganar títulos”), la fiesta se trasladó al interior del Magariños. Allí, toda la chavalería tenía claro quienes eran los héroes: Alfonso Reyes pocas veces habrá firmado tantísimos autógrafos.

El trofeo de Copa se tuvo que quedar en el autobús. Si ya salió malherido de Vitoria, no queremos ni imaginar como hubiera terminado de caer en manos de la marabunta ramireña. “

Que demasiao, que demasiao que todos los dementes nos hemos juntao”. Todos no, por desgracia. Por eso no faltó el recuerdo al que no pudo estar allí: “Satur”, el utillero, cuyo fallecimiento estaba todavía reciente. “Se te oía animar desde el cielo”.

Eso sí, pese a todo y para que quedara constancia de que las aguas tampoco andaban demasiado tranquilas, una pintada recordaba desde una pared del Magariños: “Somos un equipo de patio de colegio. Que a nadie se le olvide”.

Tras las celebraciones en casa, las oficiales: un carrusel de visitas: a la sede central de Adecco, al Ayuntamiento, a la Comunidad de Madrid, a los dos grandes diarios deportivos (As y Marca)….

Al día siguiente, a Pepu le quedaba algo especial. Su hija Celia le dijo que fuera a recogerla porque sus compañeras tenían una sorpresa para él:

Nunca podré olvidar el regalo de los 22 niños de cinco años de la clase de mi hija: una carpeta con un dibujo de cada uno (el papá de Celia recogiendo la Copa; el papá de Celia con sus jugadores…) Yo había llevado 25 balones para dárselos y al llegar al colegio empezaron a gritar ¡Es tu-dian tes! Reconforta comprobar que el club podía ser un modelo deportivo y social.

El siguiente sábado, el equipo fue homenajeado en el Estadio Vicente Calderón, en los prolegómenos de un partido de Liga, el Atlético de Madrid-Zaragoza. El equipo colegial y el rojiblanco tienen alguna que otra cosa en común, pero una que sobresalía entre todas: el antimadridismo latente. Nacho Azofra, Shaun Vandiver y Carlos Jiménez, tres atléticos de corazón, protagonizaron los minutos previos. Vandiver realizó el saque de honor y su imponente figura, con la bufanda del Atlético al cuello, parecía algo exótico, pero el americano, en un ejemplo más de que se trataba de un americano atípico, se había convertido en un forofo del fútbol e hincha del Atlético de Madrid.

Un último detalle de la Copa de Vitoria antes de volver a la “rutina” de la Liga. En esta edición del torneo del K.O. se creó el primer torneo paralelo de aficiones, la ya asentada Copa de Peñas, auspiciada por el club organizador y su peña Txapeldun. Y como aperitivo de lujo a lo que iba a pasar ese lunes 31 de enero, la Demencia también se proclamó campeona.

Eso sí, y para ser totalmente fieles a la verdad, el hecho de que disputaran este torneo supuso el enfriamiento de las relaciones con la otra peña baskonista, Indar Baskonia, que se oponían a este evento como protesta porque a la afición local la enviaran al anillo superior en lugar de conservar su ubicación habitual en un fondo. 

(Texto publicado en el libro "Club Estudiantes. 60 años de baloncesto" editado por la Fundación Estudiantes y la Comunidad de Madrid)
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