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29.05.2015       Cambiar tamaño de texto
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"Por encima de mi cadaver" en el Abdi Ipeckçi de Estambul (chimpún)

Mario Cuesta Hernando, entre otras cosas parte del equipo del programa de TV “Planeta Calleja”, es "un  viajero sin paciencia por Siria, Líbano y la Turquía kurda” en su primer libro "Por encima de mi cadaver". Y Mario es el ejemplo de cómo una ciudad como Estambul –la antigua Constantinopla- que tiene tantos siglos de historia y tanta magia a su alrededor, para la gente del Estu es, sobre todo, donde jugamos la Final Four en 1992. En su periplo por Oriente Medio no pudo evitar la tentación de sumergirse en el pabellón Abdi Ipeckçi para recordar el gran sueño de hace 23 años… y de contarlo en su primer libro, editado por Ediciones del Viento. Aquí tenemos un fragmento. 

2 de octubre
ESTAMBUL. FINAL FOUR DEL ESTUDIANTES, 1992

Ninguno de mis amigos de Madrid, excepto el Kurdo, conocía Estambul. Había venido en 1992 para animar al Estudiantes, el equipo de baloncesto más importante de Madrid, que disputó ese año la Final Four de la Euroliga.

El Kurdo, en realidad, es de Carabanchel y se llama Eduardo. Nos conocimos hace doce años cuando fue mi profesor en un curso de “Iniciación al cortometraje”. Entonces no nos hicimos amigos, pero seis años después volvimos a coincidir, a través de uno común, y descubrimos que los tres éramos aficionados del Estudiantes (en adelante “el Estu”). Así comenzó nuestra amistad. En realidad, aficionado del Estu soy yo; Edu es un miembro histórico de la Demencia, la hinchada del equipo. Fueron ellos quienes le pusieron su apodo.

El Estu es el equipo de baloncesto más importante de Madrid, como no me cansaré de repetir. Probablemente sea el único del mundo que da menos importancia a ganar títulos (aunque siempre son bienvenidos), que al modo de ganarlos. Su rasgo identitario es que, en lugar de gastar su presupuesto en estrellas, cuenta con una de las canteras más grandes de Europa. El resultado es que la selección española que ganó el Mundial en 2006 estaba compuesta, en gran número, por jugadores y técnicos salidos del Estu.

Esta política puede resultar ingenua si se desconoce el origen del club. En 1948, Antonio Magariños, el profesor de Latín del colegio Ramiro de Maeztu de Madrid, creó con sus alumnos adolescentes un equipo de baloncesto. Inmediatamente llegaron a la liga nacional. Por eso la Demencia reivindica en las gradas que “somos un equipo de patio de colegio”. Yo, como muchos hinchas, fui alumno del Ramiro. Por eso el vínculo con la afición es extraordinario.

Cuando el deporte se ha impregnado de un espíritu nacionalista, épico y bélico, la Demencia reivindica el entretenimiento, el sentido del humor, la no violencia, el cachondeo y los minis de cerveza. Es natural que nuestro anatema sea el Real Madrid, que se autoproclama en su himno “caballeros del honor”.

A comienzos de los años 90 el Kurdo y sus colegas tomaron el relevo como núcleo de la Demencia. Tuvo la suerte de que el Estu se clasificó para la Final Four, algo insólito, y viajó con miles de hinchas a Estambul. Sin embargo, lo único que recordaba de aquellos días era que disfrutaron mucho en el bar del hotel. Según él, podía haber sido Lisboa o Viena. Recordaba el Gran Bazar, porque fue la primera vez que regateó; también los puestos de kebab en la calle, que entonces en España no había. Había olvidado el nombre de la mezquita grande que visitaron –imagino que se refería a la Mezquita Azul, pero no dudó con un nombre casi impronunciable: Abdi Ipekçi, el estadio donde jugó el Estu.

Esta mañana me acordé de él cuando bajé a la panadería a desayunar. Había decidido pasar el día en el hostal, porque el resfriado había empeorado. Al entrar, el dueño me saludó con familiaridad, cubierto de harina. Le alegra verme, porque siempre alabo con aspavientos el sabor de sus bollos rellenos de queso. Reparé en un póster junto a la puerta, 2 en el que se leía con grandes letras “Two Nations Cup. Istanbul 1-2 Ekim 2011”. Lo acompañaban los escudos de los equipos de baloncesto Anadolu Efes, Fenerbahçe, Olympiakos y Panathinaikos, los más importantes de Turquía y Grecia. El panadero no sabía en qué consistía el evento, pero me confirmó que “Ekim” significa “octubre”, así que lo que fuera pasaba hoy.

Encontré la respuesta en internet. El Two Nations Cup es un torneo organizado para limar asperezas entre estos dos países, después de años de guerras y rivalidades fronterizas. Es la típica iniciativa del estilo “Deporte por la paz” o “Arte por la reconciliación”. Los organizadores confían en que los 10.000 aficionados turcos y griegos, que se consideran los más violentos de Europa, intercambien ramitas de olivo a la salida del estadio.

Conozco muy poco sobre el enfrentamiento histórico entre Grecia y Turquía. Según la Enciclopedia Británica, desde el inicio de la independencia de Grecia del Imperio otomano, en 1821, los dos países se han enfrentado en varias ocasiones. Cuando se estableció el nuevo estado, en 1832, quedaron fuera de sus fronteras dos tercios de la población griega, que vivían en Asia Menor. Eso alentó un nacionalismo heleno, que aspiraba a formar un país, que abarcase todos los territorios donde había griegos. Eso incluía las islas del Egeo, la costa occidental de Anatolia, el sur de los Balcanes y gran parte de la costa sur del Mar Negro. La capital no sería Atenas, sino la antigua Bizancio, es decir, Estambul. Lógicamente, los otomanos no se mostraron muy colaboradores. Los griegos combatieron a su vecino en varias guerras desde 1897 hasta después de la Primera Guerra Mundial. La disputa se resolvió dramáticamente en 1923, cuando los dos estados fijaron sus fronteras y acordaron un intercambio masivo de población, que trasladó a 1,3 millones de ortodoxos desde Turquía y a 400.000 musulmanes desde Grecia. Quedaron muchos asuntos sin resolver, que aún hoy son motivo de fricción. Principalmente son cuestiones fronterizas en el mar Egeo y la invasión del norte de Chipre en 1974 por Turquía, alegando que la población turca de la isla estaba en peligro, tras el golpe de estado militar en Atenas.

Los vecinos parecían irreconciliables, hasta que en 1999 sendos terremotos devastaron ambos países y generaron una espontánea solidaridad mutua .

Para Grecia la paz es más fundamental que nunca. De acuerdo con los datos del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) , desde 1988 Grecia ha sido el país de la UE que más porcentaje de su PIB ha dedicado a Defensa. Turquía ha igualado al país heleno en ese gasto, sólo superados en Europa por Rusia, Croacia, Armenia y Chipre (países que libraron alguna guerra durante esos años).

Durante la tremenda crisis económica que sufre Grecia, su gasto militar se ha mantenido por encima del resto de la UE. Mientras realiza recortes brutales en sanidad, en educación y en servicios públicos, mantiene un presupuesto de defensa que triplica al español, dobla al alemán, y solo se le acerca el de Reino Unido y Francia.

Francia y Alemania han exigido grandes recortes sociales a Grecia para recibir préstamos europeos, pero nunca han mencionado que reduzca su presupuesto militar. Será porque esos dos países son los principales exportadores de armas al país heleno, junto con Estados Unidos .

El partido de esta tarde enfrentaba al Fenerbahçe y al Panathinaikos. La combinación de un conflicto geoestratégico, hinchas violentos y baloncesto, me parecía un buen motivo para salir de la cama. El estadio que acogía el encuentro, además, era el Abdi Ipekçi.

Llegué a las taquillas una hora antes del inicio. El estadio era una mole de hormigón y paneles grises sin encanto. “Así que aquí jugó el Estu su mítica Final Four”, pensé evocador. Traté de conmoverme, pero cuando la nostalgia no se basa en recuerdos propios, da para pocas lágrimas. Tomé unas fotos para el Kurdo; a él le harían ilusión.

Mi intención era integrarme en algún grupo de hinchas, pero fui incapaz de encontrar alguno. Ni aficionados, ni policías, solo una inesperada desolación. Aún era pronto, pero me extrañaba que la policía no hubiese montado un dispositivo de agentes a caballo y furgonetas antidisturbios. Me acerqué al puesto donde vendían banderitas y bufandas. “No English”, fue, obviamente, su respuesta. Pregunté al guardia del aparcamiento, que entendía inglés, pero no lo hablaba.  

-¿Dónde están los bares donde van los hinchas?- pregunté.

El tipo negó con la cabeza.

-¿No lo sabes o es que no hay bares? –insistí.

- No bares - respondió.

Esto no debería interpretarse como que los hinchas turcos no beben alcohol porque son musulmanes. Aquí uno de los principales equipos, el Anadolu Efes, recibe su nombre de una marca de cerveza.

-¿Dónde está la gente?

- No gente.

-Fans, ¿dónde están los fans? - le increpé.

- Hoy no fans - sentenció.

Si Estambul quería cabrearme, lo había conseguido. Había arriesgado mi salud para disfrutar de un poco de baloncesto, con el aliciente de la absurda confusión entre deporte y nacionalismo, y resultaba que el partido de hoy, como era un torneo amistoso, no le interesaba a nadie. Aun quedaban tres cuartos de hora para que empezase. Como “No bares”, tampoco me podía tomar una cerveza. Me sentí traicionado.

Frente al estadio se levantaba la doble línea de murallas del Emperador Teodosio (siglo V d.C), que hizo inexpugnable Constantinopla durante siglos. Sus muros se perdían a derecha y a izquierda, con almenas majestuosas. Lo último que me apetecía era hacer turismo histórico, pero la alternativa era quedarme cuarenta y cinco minutos con el guardia del aparcamiento.

Las murallas solo habían sido restauradas en parte. Algunos sectores seguían derruidos, con un aspecto bastante melancólico. Originalmente había dos murallas, una delante de la otra, siendo la primera más baja que la segunda. Ahora los estambulitas habían acondicionado el espacio entre ambas para acoger unos huertos con hortalizas, que eran una alegría. Allí, lejos del centro de la ciudad, pero aún en el casco urbano, había tomateras, repollos y cebollas redondas, a la sombra de una muralla milenaria. No me pareció que los hinchas turcos fueran tan violentos, si respetaban los sembrados. Desde luego los del Real Madrid se habrían meado en las coliflores.

Caminé disfrutando de los huertos hasta que oí, al otro lado de la muralla, el clamor de una muchedumbre. Eran, sin duda, los gritos de unos aficionados deportivos. Incluso en la distancia, matizados por las almenas, resultaban inconfundibles. Podían ser los aficionados del Fenerbahçe, calentando las gargantas.

Atravesé corriendo el arco que permitía cruzar al otro lado, y me encontré en un tranquilo barrio de clase media. Frente a mí había edificios de cinco alturas, sin encanto estético, separados por parques y calles con un esporádico tráfico de coches. De pronto no estaba en Estambul, la ciudad que me era hostil, sino en cualquier barrio residencial europeo, en el barrio del Pilar de Madrid, donde me había criado.

A mi izquierda, a unos seiscientos metros, se disputaba un partido de fútbol en un campo municipal, con una pequeña grada. De ahí procedían los gritos, que ahora eran más claros, casi siempre precedidos del sonido de un silbato. No eran los hinchas que esperaba, pero no me importó. El barrio era apacible, me resultaba familiar. A mi derecha una escalera subía a lo alto de la muralla, desde donde podría ver el partido de fútbol, fumando un cigarrillo. Luego volvería al hostal, sin ver el Two Nations Cup.

Desde las almenas el paisaje era aún más acogedor. Un cartel, que anunciaba un coche barato, me tapaba una de las porterías. Busqué un lugar desde el que viera la cancha completa. Atravesé una torre de vigilancia, y al otro lado me topé con cuatro chavales, sentados en el suelo. Tendrían unos dieciocho años y bebían a morro de una botella de dos litros de Coca-Cola. Los cuatro llevaban al cuello bufandas del Fenerbahçe.

Me costó reprimir el entusiasmo cuando uno me saludó en inglés. Por supuesto iban al partido, y me acogieron inmediatamente. El que hablaba inglés se llamaba Deniz, de los otros no recuerdo el nombre. Me tendieron la botella.

- ¿Whisky con Coca-Cola? –pregunté.

- No, solo Coca-Cola.

Los cuatro eran del barrio, amigos de toda la vida. Les hablé del Estu, de la única final europea que había disputado, aquí, en el Abdi Ipekçi. Asintieron sin entusiasmo; en 1992 ni siquiera habían nacido. Al menos conseguí que aprendieran a gritar “¡Estu-diantes!”, mientras yo correspondía con “¡Fe-ner-bah-çe!”.

Entramos al estadio un poco antes de que empezara el partido. Las gradas estaban prácticamente vacías. Nos sentamos con el resto de los hinchas, en uno de los fondos. No serían más de cincuenta. En seguida corrió la noticia de mi presencia y todos se giraron para gritarme “¡Fenerbahçe ” con los pulgares arriba.

En el fondo opuesto no había ni un hincha griego. Los aficionados no habían respondido a la llamada reconciliadora de los organizadores. Tampoco los jugadores estaban ofreciendo un espectáculo digno de sentimientos tan nobles. Corrían de un lado a otro con menos intensidad que en una pachanga de colegas. Ninguno estaba dispuesto a lesionarse por la paz.

A mi alrededor los chavales empezaron a animar con bastante furor, pero incluso ellos acabaron por aburrirse y se sentaron. Pregunté a Deniz a qué se dedicaba.

- Estudio. El año que viene voy a la mili; primero iré obligatorio, pero después me quiero reenganchar como profesional.  

- ¿Quieres ir a Chipre a luchar contra los griegos? cle pregunté.

- No, tío, yo paso de guerras, yo quiero Estambul o Ankara.

En el tercer cuarto, Deniz y sus amigos no paraban de cuchichear. Uno señaló detrás de la canasta contraria. Dos personas se habían anudado al cuello bufandas del Panathinaikos.

- No son griegos, son aficionados del Efes - dijo Deniz con una sonrisa de satisfacción-, lo hacen para provocar –añadió (nota para los no aficionados al baloncesto: el Efes es el rival acérrimo del Fenerbahçe).

Deniz y otro salieron por el lateral. Les vi alejarse por el pasillo que circunvalaba la cancha, camino de la otra canasta. (...)


FRAGMENTO DE "POR ENCIMA DE MI CADAVER"

Su autor, Mario Cuesta Hernando, estará firmando ejemplares en la Feria del Libro de Madrid el sábado 30 de 19:00 a 21:00 y el sábado 6 de 12:00 a 14:00, en la caseta de Ediciones del Viento (361).

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