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06.11.2015       Cambiar tamaño de texto
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Historia de una rivalidad

Analizar la rivalidad entre Movistar Estudiantes y Real Madrid podría parecer tarea de titanes. Una labor demencial. Por eso no podía ser otro autor que Guillermo Ortiz, sí, el de “Ganar es de horteras”, el que se ha animado a intentar abordarla. Una lectura más que recomendada para un fin de semana como este. Para abrir boca, os ofrecemos un fragmento del primer capítulo, que empieza con un Estu-Madrid jugado el 22 de septiembre de 1996 ¿les suena? El debut de Herreros en las filas merengues. >> CÓMO CONSEGUIRLO

 

 CAPÍTULO UNO. 22 DE SEPTIEMBRE DE 1996

Nadie ha venido a ver baloncesto. Quizás algunos aficionados del Real Madrid que enseñan una pancarta donde se lee “Tranquilo, demente, Pinone es el siguiente”. Imposible saber si están al tanto de que Pinone lleva tres años retirado. La delegación del gobierno ha considerado el encuentro de alto riesgo y el autobús del Madrid llega escoltado al Palacio de los Deportes, la cancha que lleva compartiendo desde hace casi diez años con su rival de esta tarde: el Estudiantes.

Aquello no es un partido, es un aquelarre, una terapia de grupo donde un montón de aficionados enfurecidos tienen que golpear un muñeco y ese muñeco se llama Alberto Herreros. Hemos ido ahí a silbarle, abuchearle y hacerle la vida imposible. Estamos dolidos y furiosos a partes iguales. ¿Cómo es posible que eso suceda, que la decisión de un profesional se acabe convirtiendo en una afrenta íntima? Difícil explicarlo teóricamente pero muy fácil de entender en la práctica. Probablemente, a usted también le haya pasado.

Tengo diecinueve años y el corazón inflamado. Permitan que apele a mi condición de post-adolescente para justificar algunos actos excesivos. Yo ya no volveré a ser esa cara desencajada que insulta al número trece del Real Madrid cada vez que toca el balón y que grita con la multitud aquello de “Alberto, un templo, para enterrarte dentro”, pero quizás algún día mi hijo hará lo mismo o lo harán sus amigos y el círculo del odio se perpetuará.

¿Y por qué el odio? No está claro. Siempre ha habido un pique entre los dos equipos, por supuesto, pero no hasta este punto. Un pique basado en el agravio estudiantil y el desdén madridista y que se resumiría en aquel cántico de la “claque” de Abreu en el “campo viejo” del Ramiro de Maeztu, el que albergaba los partidos del Estudiantes al aire libre antes de que se construyera la famosa Nevera, que ni techada impedía que se colaran los grajos: “Podéis ser muy guapos, podéis tener millones, podéis fichar extranjeros… pero no tenéis pilila”.

En el Madrid había planta, belleza, dinero y, en general, poder. En el Estudiantes, también, pero menos, y a veces su historia ha abusado del personaje del vecino gruñón tipo “Aquí no hay quien viva”, protestando por todo mientras unos metros más allá, sin necesidad de cruzar la Castellana, la fiesta seguía sin que nadie pareciera hacer caso de los golpes en la pared y las amenazas de llamar a la policía.

Todo eso siempre había estado ahí. Ahora bien, una cosa es que Enrique Iglesias invite a su yate a las mujeres más bellas del planeta y otra cosa es que invite a tu novia y te lo pase por las narices. Supongo que Herreros era algo parecido a eso: nuestra novia, nuestra chica. Nuestra hermana menor, más bien. En el Ramiro, en el Estudiantes, siempre se ha producido una relación entre jugador y aficionado basada de algún modo en la protección mutua: yo te animo como loco el fin de semana, cuido tu ego, te hago sentir importante… y a cambio tú me alegras el día con una sonrisa en el patio y te dejas la piel para ganar el sábado.

(…)

Este libro pretende precisamente eso, analizar trayectorias más allá de los éxitos y los fracasos. Disfrutar. No es un libro del Estudiantes ni es un libro del Real Madrid sino que es una breve historia, no demasiado enciclopédica, de dos equipos condenados a entenderse y que comparten una pasión común por el baloncesto desde ópticas que parecen muy distintas pero no lo son tanto. El Estudiantes siempre se ha presentado como equipo de colegio, la apoteosis del “buen rollo” pero esa narrativa se queda corta.

El Madrid siempre ha presumido de sus vitrinas llenas de trofeos pero durante dos décadas y pico, especialmente a partir de la marcha de Fernando Martín a la NBA en 1986, se ha visto obligado a vivir a la sombra del dominio del Barcelona, el  Joventut o incluso el Tau.

Yo no voy a pedir que no se repitan cosas como las de aquel 22 de septiembre de 1996, que no haya rivalidad ni pique ni se viva el deporte con pasión, pero creo que es bueno que nos conozcamos un poco. Que nos conozcamos y nos admiremos, en parte. A veces, ir con los que ganan no es tan fácil. A veces, los que ganan no ganan tanto como creen.

Igual que Estudiantes y Real Madrid han construido unas narrativas algo artificiales sobre sí mismos también las han construido sobre el contrario: para la mayoría de aficionados del Ramiro, incluso para los que luego van al Bernabéu a animar al equipo de fútbol, el Madrid es poco más que una panda de cuatreros vinculados al poder. El equipo del gobierno, la vergüenza del país.

Para el Madrid, al contrario, el Estudiantes no es nadie. Un equipo como cualquier otro. Algo protestones pero poco más. Cuando me entrevisté con Lolo Sainz para este libro me recibió con su habitual socarronería de la Prospe, el barrio donde yo mismo me crié durante 30 años, granero de seguidores de ambos equipos. “¿Ah, pero ha habido una rivalidad entre Estudiantes y Real Madrid?”, preguntó Lolo con una de sus enormes sonrisas, un tipo realmente entrañable.

Gonzalo Martínez, el pequeño base que consiguió mantenerse 17 años en la ACB pese a su estatura y sus continuos problemas con las rodillas, me decía un día en la Casa de Aragón: “Siempre te van a decir lo mismo, pero no se lo creen ni ellos, no es para nada un partido más”. No, no lo es. Hay demasiados puntos de unión entre ambos equipos como para entenderlo así. En cualquier caso, aunque lo fuera, ¿qué más da?

Guillermo Ortiz
Fragmento de "Historia de una rivalidad", editado por Ediciones JC
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