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06.02.2008       Cambiar tamaño de texto
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NUEVO ADELANTO DEL LIBRO DE HISTORIA: EL DEBUT DE PINONE
El libro "Club Estudiantes. 60 años de baloncesto" estará a la venta el próximo lunes 11 de febrero. En el avance de contenido de hoy tenemos un genial texto sobre el debut de John Pinone con el Estudiantes, precisamente en un derbi en la Ciudad Deportiva.

El fragmento de hoy del libro "Club Estudiantes. 60 años de baloncesto" que sale a la venta el próximo lunes está dedicado al debut de Pinone con el Estudiantes. El pívot estadounidense es uno de los jugadores más importantes de la historia de este club, y enamoró a casi todos desde el principio. ¿A quién no? Lean y descúbranlo.

FRAGMENTOS DEL LIBRO “CLUB ESTUDIANTES, 60 AÑOS DE BALONCESTO”, editado por la Fundación Estudiantes.
Autores: Felipe Sevillano (coordinador), Carlos Jiménez, Alonso de Palencia y Santi Escribano.



1984 Debut de Pinone en un derbi en la Ciudad Deportiva

Aunque había llegado para encarnar el papel de Julio César, cierto es que la primera impresión fue que, más bien, el triunviro que mejor casaba con su aspecto físico era el de Craso. Si ya de por sí su constitución física siempre tendió a ser generosa, John Pinone aterrizó en Madrid con varios kilos de más, tal vez producto de cierta inactividad tras ser descartado en la NBA. Tanta orondez llegó incluso a confundir a un prestigioso locutor de radio, Manolo Lama, quien se atrevió a realizar la profecía deportiva más errada de toda su carrera como periodista, de la que seguro se habrá arrepentido miles de veces. Pero como semejante pecado es tan inmenso que no puede merecer menor penitencia, recordémoslo una vez más para oprobio de quienes osan mentar a lo más sagrado. Preguntado Lama en el carrusel radiofónico por el nuevo fichaje de Estudiantes, no se le ocurrió al pobre otra cosa que decir que Pinone era un saco de patatas que apenas iba a durar tres partidos en el Club de la calle Serrano.

Es posible que no hubiese mala intención en las palabras de Lama: tan sólo cierto desconocimiento de este deporte, porque, desde luego, aunque pudo confundirle la primera impresión, debió de haber rectificado cuarenta minutos más tarde, después de ver cómo el saco de patatas se había convertido en un notabilísimo jugador de baloncesto desde el mismo salto inicial. Enfrente de Estudiantes estaba, no lo olviden, no ya el Real Madrid, sino uno de los mejores equipos del que los blancos han dispuesto en toda su historia, con Corbalán, Jackson, Robinson, Itu, Del Corral, los hermanos Martín, Romay, el veterano Rafael Rullán, el novel Paco Velasco…

Pinone lucha por el balón con Fernando Martín el día de su debut. FOTO: Marca



La Demencia animaba todo lo más alto que podía a su equipo, que estaba plantando cara al todopoderoso anfitrión, pero además todas las miradas estaban puestas en el nuevo. En Pinoso. Y todos coincidían en los comentarios. El caso es que no saltaba mucho, no, pero ¿para qué iba a saltar, si cogía todos los rebotes a la altura de la barriga porque bloqueaba a los pívotes rivales cada vez que quería y como quería? No era rápido, no, pero ¿para qué quería correr si sus pares se tragaban una y otra vez sus inteligentes fintas? No jugaba demasiado de espaldas al aro, pero ¿para qué hacerlo si una y otra vez anotaba sus tiros desde cinco metros limpios, besando la red? No era demasiado alto para jugar de pívot, pero ¿para qué quería medir más si era una roca a la que era imposible mover una vez cogida la posición y, además, robaba muchos balones con el que acabaría siendo famoso zarpazo del oso? Al acabar aquel partido, con su veintena de puntos, su decena de rebotes y su diabólico juego de pies, todos tuvieron claro que aquel era el tercer triunviro.

Aquel era el Julio César que necesitaba Estudiantes, porque en su primera cita con el equipo llegó, vio y, si bien no venció, hizo algo que ya dijera el sabio Unamuno que es mucho más importante: convenció. Y además, con tanta rotundidad que, pese a la derrota (98-86 para los locales), una tan embriagada Demencia hizo la típica broma de bloquear las puertas de salida de la Casa Blanca mediante el tradicional “Tapón, pon, pon, tapón, pon, pon”, e incluso llegó a cortar el tráfico de la Castellana exigiendo tocar el claxon a todo aquel coche que pasaba por su lado. Por supuesto, los conductores ponían cara de no entender nada cuando se les decía que Estudiantes no había ganado el encuentro, pese a la alegría que mostraban sus eternamente incomprendidos seguidores.

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