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08.03.2012       Cambiar tamaño de texto
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20 años del mágico 92 (3): “Nacho, ¿estás para jugar?”

Hoy, 8 de marzo, se cumplen 20 años del que probablemente sea el título más recordado de la historia del Club Estudiantes: la Copa ganada en Granada ante el CAI Zaragoza. Una final intensísima con Winslow, Pinone y un mermado Azofra que se sobrepuso a la lesión que le había tenido en el dique seco toda la copa para romper el partido. >>ESPECIAL 20 AÑOS DEL MÁGICO 92

La portada de El País con Pablo Martínez y Nacho Azofra resume bien lo que se vivió en Granada
La portada de El País con Pablo Martínez y Nacho Azofra resume bien lo que se vivió en Granada

20 años del título más recordado de la historia estudiantil. No fue el último, que ocho temporadas después llegaría otro, pero en aquel mágico 1992 se forjó una leyenda que aún continúa.

Y uno de los pilares de esa leyenda es la Copa que se ganó el 8 de marzo de 1992 en Granada contra otro equipo mítico: el CAI Zaragoza de Manel Comas, los Arcega, McQueen y compañía.
 
Así se contó la final Alonso de Palencia en el libro “Club Estudiantes. 60 años de baloncesto” que editó la Fundación Estudiantes en 2008.
 
 
El rival fue finalmente el CAI Zaragoza, que se deshizo con más facilidad de la que aparenta el marcador final (81-77) del Barcelona. El equipo de Manel Comas era en aquellos momentos el líder de la Liga, con un juego solidísimo. Era un equipo duro de pelar, la mejor defensa de la competición, que jugaba un baloncesto sin fisuras, poco vistoso y alegre, pero tremendamente efectivo, sin ninguna concesión a la galería ni a las gradas pero competitivo en grado sumo. Vamos, el tipo de baloncesto cerebral y controlado que no gustaba a casi nadie, pero que hacía mingitar agua de rosas a Joan Gavaldá, el conocido técnico y comentarista de televisión de la época.
 
Pero este hecho no ha de restar méritos a un formidable equipo dirigido por un entrenador de bigotes, Manel Comas, que contaba con los hermanos Arcega (Fernando y José Ángel; el pequeño Joaquín, no estaba ese año en el equipo) a pleno rendimiento, más un escolta anotador (Gerald Paddio) que llevaba una Copa absolutamente genial, buenísimos nacionales (Manel Bosch, Quique Andreu, Santi Aldama), excelentes promesas (Dani Álvarez, Fran Murcia). La guinda de todo el equipo era un pívot americano, alto, zurdo y patizambo, de buena grupa (como tanto gustaban en la ribera del Ebro desde los tiempos de Kevin Magee) que generalmente daba muchos problemas a Estudiantes por su envergadura y movilidad: Cozell McQueen.
 
Enfrente de este esquema digamos `italianizante´ del baloncesto practicado por el CAI Zaragoza, estaba la locura, la rapidez y la heterodoxia de Estudiantes.
 
En los prolegómenos de la final, la primera sorpresa la dio Nacho Azofra, que se vistió de corto e hizo la rueda de calentamiento con sus compañeros, luciendo un aparatoso vendaje en su brazo derecho. Su presencia parecía obedecer a un motivo anímico más que nada, pues Miguel Ángel Martín aseguraba que todavía no estaba en condiciones y la lesión le molestaba incluso para botar y mucho más para tirar.
 
 Pero con el cinco inicial de la Copa (Martínez, Herreros, Winslow, Orenga y Pinone), los colegiales comenzaron jugando muy fluido, con velocidad y acierto, bajo la sabia batuta de Pablo Martínez que continuaba en un dulce estado de forma. A 9 minutos del descanso Estudiantes estaba diez arriba (26-16), pero ahí Comas deshizo la hasta entonces inoperante variante controlada de su planteamiento (Arcega mediano- Paddio-Bosch) y situó en pista la versión veloz (Dani Álvarez-Murcia-Arcega mayor). El resultado fue un parcial de 5-15 que situó un empate a 31 al término de los primeros veinte minutos.
 
En la reanudación, el CAI llevó la iniciativa, en parte porque Martínez perdió la brújula y porque su sustituto, Aísa, alternó grandes aciertos con clamorosos errores. Salvo la brega y lucha constante de Orenga y Pedro Rodríguez, el equipo parecía aletargado, mientras que los maños cada vez se encontraban más cómodos en un escenario de juego lento y despacioso.
 
A 11 minutos del final, con el marcador 43-47 para el CAI, Pablo Martínez cometió su cuarta personal. El Cura se giró al banquillo y preguntó a Azofra: “¿Estás para jugar?” La respuesta de Nacho fue simplemente despojarse del chándal y pedir el cambio. Dos segundos más tarde de entrar a pista, le robaba la cartera a Dani Álvarez y se llevaba a trompicones un balón que acabó sirviendo a Winslow, que corría de trailer por el carril central, para que éste se quitase el sopor de encima mediante un tremendo mate a dos manos.
 
En el siguiente ataque, el guerrero número trece dio un pase a Pinoso para que éste asistiera a Winslow y otro mate. A la tercera ofensiva que dirigía, Nacho esperó pacientemente a que Herreros saliese de los bloqueos y servirle el balón en el momento preciso: ¡triple!
 
Con Azofra en la pista, Estudiantes endosó un parcial de 7-0 y tomó otra vez el mando del encuentro (50-47). Azofra ya no abandonó el parqué, y eso que estaba realmente lastrado: en algún momento tuvo posición clara de tiro y ni siquiera miró el aro; incluso en algún momento de bote con la derecha, eligió el lado izquierdo del ataque para poder usar esta mano, en la que no tenía molestias. Sea como fuere, su salida coincidió con una mayor fluidez en el ataque de Estudiantes, y sobre todo, hizo a Winslow despertar a tiempo para protagonizar entre ambos la gesta granadina.
 
Pese al horrible partido de Paddio, el CAI no se rindió y la brega continua de un fantástico Fernando Arcega (19 puntos) dio sus frutos, poniendo el empate a 56 a falta de cincuenta segundos para el final.
 
Y ahí surgió Winslow para sellar el encuentro y el título con la espectacularidad acostumbrada. Rickie pidió el balón en el lateral derecho y realizó su potente arrancada en primer paso para irse hacia canasta. Hasta allí le siguió su marcador, Fernando Arcega, y en la línea de fondo llegó Andreu para hacer la consiguiente ayuda defensiva que, en el caso de Andreu, solía muchas veces acabar en tapón.
 
Winslow no se arrugó, sino todo lo contrario: apretó el balón con una mano, saltó por encima de ambos rivales y lo hundió con fuerza en la canasta para poner el 58-56 en el marcador con su decimosexto punto. La réplica zaragozana corrió de la mano de Paddio, cuyo tiro se quedó muy corto y el rebote fue a parar a Orenga, que fue objeto de falta personal y se dispuso a lanzar el 1+1 correspondiente. Anotó el primero y falló el segundo, pero el rebote fue para Pinoso, que dio el pase a Herreros, sufridor de otra falta personal.
 
El ambiente de tensión era tal que hasta a Alberto, un fenomenal lanzador de tiros libres, se le encogió la mano y no pudo elevar su cuenta a 17 puntos porque falló el primer lanzamiento, pero Winslow atrapó el rechace y Estudiantes comenzó con el habitual juego de cuatro esquinas sin mirar al aro.
 
Cozell McQueen cortó el asunto a tres segundos del final con una personal intencionada de entonces (las actuales faltas antideportivas). Orenga anotó los dos tiros libres y los maños, conscientes de su derrota, se ahorraron una estéril personal y ni siquiera presionaron el escaso tiempo que quedaba, lo que hizo posible que John Pinone comenzase a bailar en el centro de la pista mientras los demás se disponían a sacar de banda.
 
Estudiantes se coronaba en Granada con la Copa del Rey, la segunda de toda su historia, 29 años después de aquel otro mítico triunfo en el vetusto Urumea donostiarra. Granada, la bella hurí andaluza, había sido esta vez testigo de la hazaña estudiantil.
 
El vestuario del Estudiantes vivía la locura del triunfo, pero Miguel Ángel Martín permanecía imperturbable, como siempre. Si acaso, se le escapaba una mueca de satisfacción cuando la Demencia coreaba su mote.
 
Azofra, uno de los héroes, declaró: “Es el día más feliz de mi vida. Seguro que Pablo Martínez y yo somos los que más disfrutamos este momento. Llevamos en el equipo desde pequeños y sabemos lo que cuesta llegar hasta aquí”.
 
Rickie Winslow (118 minutos disputados de 120 totales en la Copa del Rey) sonreía de oreja a oreja, pero el más feliz era, con diferencia, John Pinone, que recogió el primer y único título de su carrera, aquel por el que casi nadie daba un duro cuatro días atrás, y además era nombrado mejor jugador de la Copa, sucediendo en tal honor a otro colegial, Orenga.

 

 

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