La cabaña de Raba

El Rabaseda cocinero, el Rabaseda golfista, el Rabaseda fotógrafo. El niño que empezó en el mixto, el de la Masia, el que dejó su casa por ambición y ahora recoge sus frutos, en su momento más dulce. Conócele mejor de mano de Daniel Barranquero en este artículo publicado en ACB.com. 

La cabaña de Raba

 Un paso, dos, cinco, cien. En Ripoll, donde los ríos Ter y Freser se miran, se acercan y se encuentran, comenzaba el camino. Comenzaba el final. En el bressol de Catalunya aún retumban los gritos de dignidad de Dolores Prat, sindicalista y anarquista, pidiendo lo que era justo, cuando la sinrazón había ganado la batalla.

La década de los treinta agoniza. Los cuarenta asoman. Franquismo, castigo, represión. Había que huir. De Ripoll a Francia. O al mismo cielo. 56 kilómetros entre gamuzas, águilas reales, buitres que daban miedo y sombras de haya y pino. Ripoll, Sant Joan de les Abadesses, Sant Pau, Camprodon, Molló y Prats de Molló. La huida. El exilio. La libertad. 

Medio siglo después de que miles de personas iniciaran en Ripoll su marcha a una vida diferente, muchas de ellas sin vuelta atrás, el “Camí” parece distinto. El verde es más verde, las gamuzas corren más y hasta los buitres inquietan menos. El pequeño Raba camina por la misma tierra con la sonrisa en la cara. “Con los amiguetes del barrio teníamos nuestra propia cabaña en el bosque. La íbamos haciendo poco a poco y era nuestro sitio. Tendría yo 8 o 9 años. Si había que hacer una gamberrada, íbamos allí. Después venía el amo de las tierras y nos quitaba alguna cosa o nos la destruía”. Y vuelta a empezar. El básquet no lo era todo. Aún.

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